Por Philip Jacobson
Traducido por Kevin Vaughn y Guille “Pichon” Salvadores
Video de Louis Sparre
Dos calles con el nombre de un socialista francés y un revolucionario argentino rodean la manzana de Sarmiento 3100, donde este Lunes a la tarde las motos pasan por las veredas, los jóvenes porteños comparten pipas y birras, los extranjeros llegan de una caravana de taxis, y los ritmos de tambores son arrastrados por la corriente desde el “Konex”, la fábrica de aceite que luego se convirtió en un groso centro cultural y que ocupa el crepúsculo de este atardecer. Más allá de la boletería, dentro del recinto al aire libre, las letras de ese cartel de neón que dice K-O-N-E-X brillan como cinco lunas rojas. Debajo de este último, una escalera gigante cae desde lo más profundo de la estructura superior. Su descanso funciona como un escenario, más allá de este una sala de concreto que forma la caja torácica del predio, formada por blancas columnas con capacidad para miles de personas, sostienen otro escenario que se aloja en la parte superior. En un toque, 17 de los mejores percusionistas en Buenos Aires tomarán el escenario, como lo hacen todas las noches de Lunes, utilizando el método de su conductor Santiago Vázquez, el cual se basa en una improvisación estructurada de señales con la mano. Vestido con un color rojo corazón, llenarán el lugar con energía percusionista, y Konex temblará con fuerza bruta.

Históricamente, Argentina es sin lugar a dudas el país sudamericano con menos instrumentos de percusión en materia de estilos musicales. Es un país que se asemeja más a lo Europeo. A pesar de que en sus orígenes estaba habitado por un importante número de “afro-argentinos”, nadie sabe exactamente a donde fueron – algunos hablan de una epidemia de fiebre amarilla, otros de la utilización de esta gente como carne de cañón durante la guerra contra Paraguay, o simplemente, que se mezclaban con los argentinos después del paso de muchos años. Por otro lado, el censo nacional ni siquiera los ha contado desde 1887, cuando representaban 1,8 % de la población. Mientras países vecinos como Brasil y Uruguay desarrollaban estilos orientados por la percusión como la samba y el candombe, los “euro-porteños” se convertían en sinónimos de tango. A pesar de ello, el país ha mantenido la tradición del Carnaval hasta que el gobierno militar tomo el poder en 1976 y lo prohíbe, al igual que ocurre con la Murga, un grupo de gente que con sus cantos, bailes y tambores hacen a la esencia de la celebración. Durante esa época estaba terminantemente prohibido juntarse en “multitudes”, es decir, no se permitían más de tres personas juntas en la calle por mas que no estuvieran haciendo nada, y mucho menos tocar la batería.
Durante ese tiempo, un joven llamado Santiago Vázquez vivía en España con su familia. Volvieron a Buenos Aires en 1985 cuando Vázquez tenía 14 años. Cuando cumplió los 30, después de varios años de experimentación musical y desarrollo de sus habilidades, la banda a la que pertenecía, Puente Celeste, fue ganando reconocimiento y así se dedico a enseñarle a otros grupos de percusión.
Lo que veía Vázquez en Buenos Aires era la necesidad de algún espacio social colectivo, un lugar cultural en donde la gente pudiera reunirse y bailar. Pero lo más importante era que la banda sea genuina, es decir, un invento netamente porteño, y no una imitación como la samba o el candombe.
Vázquez había estado tocando en un grupo que él creó llamado Colectivo Eterofónico, basado en un sistema de señales armónicas que ha desarrollado para estudiar la realización de la improvisación. Durante años fue recopilando ideas rítmicas que esperaba poner en uso en un conjunto de percusión de gran tamaño. Cuando empezó a comprender que muchas de sus ideas podían encajar en un proyecto, Vázquez terminó con Colectivo y comenzó a planificar lo que se convertiría en la Bomba de Tiempo. Por su manera de dirigir, tan nueva y media rara, Vázquez necesitaba músicos que fueran capaces de entender su ideas complejas y pudieran tocar con bastante fluidez emitiendo sonidos naturales al mismo tiempo que él les lanzaba un arsenal de señales improvisadas.
¨Así que llamé a los mejores,¨ dice Vazquez con una sonrisa, sentado en uno de los cuartos de la parte trasera de Konex después del show. Viste una remera de cuello en v color púrpura y un suéter blanco atado a la cintura. Sus ojos brillan mientras habla, tiene una mirada distinta que lo hace parecer mucho más joven de lo que realmente es. La mayoridad de los demás miembros de la Bomba comen en una mesa detrás de él. Cuando Vazquez se propuso formar el grupo hacen 4 años, no le entendían bien lo que quería crear ni lo que trataba de hacer, pero la perspectiva de trabajar el uno con el otro y el desafío de las señales improvisadas les despertó el deseo de participar.

“Los primeros 15 minutos del primer ensayo fueron un quilombo”, dice Vazquez. “no les expliqué lo que quería que hicieran, simplemente, vamos a ver que sale y a divertirnos un poco. Yo solo trate de escuchar el sonido particular de ese grupo de gente.” Después él les explicó el concepto, como les imaginaba divididos en secciones autónomas, como equilibrar repetición y creación, su idea de composición libre. “La verdad es que captaron muy rápido la idea, y ahí fue cuando me di cuenta de que podría funcionar.”
Después de 2 meses de ensayos todos los lunes por la noche, Vázquez llevo la idea a Konex. El 8 de Mayo del 2006, 350 personas pagaron cinco pesos cada una para ver el primer ensayo abierto de la bomba, improvisado con micrófonos chinos y un sistema de sonido prestado. Después de cuatro años y 17 uniformes rojos, la Bomba atrae regularmente a 3,000 personas. Con el fin de satisfacer la demanda agregaron algunas funciones los Sábados del año pasado – “Fiesta de la Bomba”, como se les llama, siempre venden todas las entradas llenando la máxima capacidad de 3,500 personas. Dado que tocan con un músico distinto cada semana (desde un bajista, un cantante, hasta algún nerd con un plato giratorio) el espectáculo siempre está cambiando.
Tal vez lo más importante es que después de cuatro años, la Bomba se ha convertido en el espacio social colectivo que Vázquez había soñado. Antes del show, es imposible ir a comprar un litro de alcohol al kiosco sin antes decirte al vendedor que la Bomba es una de las bandas más copadas del planeta. Afuera, un joven vestido de traje sale de un taxi y saluda a sus amigos rastafaris que toman una birra en la esquina – en esta ciudad el hombre de negocios y la diversión descontrolada no se excluyen mutuamente: el traje con el piercing en la ceja, la corbata en el cuello que puede terminar envuelta en la cabeza en un frenesí de locura al ritmo de la música. Hay un vendedor tocando un diyiridú, y si ve que vos tenes vibra, puede llegar a apuntar su instrumento a tu pecho para darte un poco de su onda. Después él te enseñará cómo imitar la trompeta de un elefante, caracterizada por ese sonido de erres en el cilindro grande del instrumento, para terminar hablado sobre la chamánica ceremonia Wachuma que se celebrará la próxima semana. “Es como la ayahuasca”, dice en un pésimo Inglés, refiriéndose a la planta ancestral que se utiliza para el ritual, "pero de aquí, en vez de aquí", señalando primero con su mano su corazón, y luego tu cabeza.
Y allí en medio de la multitud, parado en la esquina esperando la señal para cruzar, se encuentra Cheikh Gueye, el baterista más feroz de Bomba. Desde aquí puede vislumbrarse como cuelga de su hombro su gran djembe, hecha de piel de cabra y madera de teca por un amigo de la infancia hacen 11 años en Senegal. Esta noche, cuando el haga sonar un Solo que se escuche a través del centro cavernoso de Konex repercutiendo con gran eco, su cabeza se inclinara hacia arriba y convulsionara violentamente de un lado a otro, enviando su sombrero a volar y sus cortas rastas negras comenzaran a animarse con esa energía contagiosa. Esto es inevitable; los Solos de Gueye son el pilar de la Bomba. Es sólo una cuestión de “señales”.
Un ruido chillón y extravagante llena el living de Diego Pojomovsky. Es una grabación de la Conducción 104, una banda que se encuentra en gira constante y va reclutando integrantes a lo largo de sus viajes. Esta banda está dirigida por el jazzman estadounidense Butch Morris, que es el director que las maneja a través de un conjunto de señas improvisadas. Morris ha viajado hace más de 20 años por todo el mundo. Va de una ciudad a otra reclutando músicos locales para llevar a cabo una serie de recitales bajo de su dirección. Cuando Morris vino a Buenos Aires en 1998, Pojomovsky tocaba el bajo.
La música suena extrañamente como en las pesadillas que atemorizarían a un pobre niño. Yuxtapone este monstruo auditivo con el rostro de Pojomovsky, de pelo largo y con una barba desprolija, y su acento que saca un sonido casi vampiresco. ¿Cómo se puede realizar esto? ¿Cómo?¨ dice Pojomovsky. Crece la tensión y desaparece a través de un címbalo hasta que la música se desvanece en el silencio. La voz de Pojomovsky, como un instrumento aparte, colma el living. ¨Recuerdo que en este momento me ha señalado,¨ la mano derecha de Pojomovsky hace un movimiento. Ocho lentas notas de graves entran en la composición. ¨Estaba tocando libremente.¨ Su mirada cae ligeramente mientras se pierde a él mismo en la memoria. Sus manos siguen alzadas. ¨Nos pidió que hagamos dos notas largas. Uuuuuunnnnnnaaaaaa, y la otra. Esa es la forma. No hay ninguna clave, ninguna escala, nada. Soy libre para hacer lo que quiera.¨ Sus manos siguen reproduciendo las señas que vio hacen 11 años atrás. Su pulgar izquierdo y el dedo forman juntos una ¨L¨ invertida. ¨Me está pidiendo que la repita. Estoy empezando a repetir.¨
Vázquez también iba a tocar con Conducción 104 pero tuvo que abandonar debido a un conflicto de programación. Como curiosidad asistió a un ensayo. Lo que vio le hizo darse cuenta que podía hacer la música que había estado imaginando y le sirvió de inspiración para crear su propio lenguaje de señas que se convertiría en la base de Colectivo y más tarde en la Bomba. Vázquez adaptó el concepto de conducción de Morris y así desarrolló un sistema que le permitió experimentar con sus propias ideas musicales. ¨Butch Morris sólo utilizaba las señas en relación a la dinámica y el movimiento,¨ dice Pojomovsky, ¨había signos para repetir las cosas, para memorizarlas o para cambiar. Pero nunca utilizaba estas señales como los utilizábamos en Colectivo, es decir, en relación a las notas o escalas.¨ Morris nunca usaba pautas rítmicas por ejemplo. La Bomba utiliza una colección de temas que se llaman memorias, que muchas veces se usan como punto de partida para la improvisación. Uno de ellos es una composición famosa de tango, otra una mezcla de ritmos folklóricos que escribió Vázquez. Muy a menudo se usa una formula india, esta última es la memoria que les permite mayor flexibilidad.

En sus ensayos de miércoles experimentan constantemente con los instrumentos. Un enfoque reciente fue la modulación métrica, una manera de cambiar el tiempo al instante en vez de una desaceleración o aceleración gradual. Unos meses antes solo tocaron con un tempo 5/4. Es en este punto, la incorporación de nuevas ideas, que los diversos orígenes musicales de los miembros de la bomba realmente entran en juego. Richard Nant, un hombre de mediana edad con una pera en forma de U y un aro en su oreja izquierda, creció escuchando jazz. Toca la trompeta todos los miércoles con su otra banda, Los Gauchos, en un café de Recoleta llamado Thelonius. El líder de Los gauchos es especialista en la escritura de modulación métrica, así que le enseñaba a la Bomba algunos ejercicios y ritmos que habían estado trabajando.
"Cualquier persona tiene un origen único, pero nadie tiene un único estilo,¨ dice Nant. Es la tarde y estamos en un restaurante en el Microcentro. ¨Nacho usa mucho los conceptos de Candombe, tiene un grupo de Candombe en La Plata [provincia de Buenos Aires]. Pero también puede tocar lo que quiera. Tiki Cantero es nuestra vinculación al folclore, Mario Gusso también. El abuelo de Gabi Spiller era un violinista que laburó para el Teatro Colon. Carto es un baterista tipo jazz. ¿Cómo podría explicarte? Es como la intuición del grupo, totalmente libre. Juampi Fransiconi es de una banda que se llama Littoral. Ellos tienen muy buena onda. Se puede escucharla cuando toca él. Y Ale Oliva, Oliva es como una parte de Buenos Aires. Es porteño a full. Lucas Helguero es muy metódico, siempre estudiando. Su música está muy influenciada por la música brasilera. Toca el berimbau. Acá podes ver todos los estilos,¨ pausa Nant. ¨Santiago es un pensador. Inteligente, rápido. Hizo un casting increíble.¨
A Vázquez le gusta la idea de ayudar a otros grupos a desarrollar sus propios estilos dentro del sistema de la Bomba. Existe lo que es esencialmente una escuela, llamada CERBA [Centro de Estudios del Ritmo Buenos Aires] que Vázquez y otros músicos de la Bomba crearon para enseñar el sistema a cualquier persona que lo quisiera aprender. Mientras se corre la lengua, Vázquez quiere mantener su universalización y evitar una fragmentación en dialectos diferentes. "Si después de algunos años aparecen idiomas diferentes, se pierde la oportunidad de tocar con los demás y comunicarse,” dice Vázquez. "Así que si tenemos una nueva idea musical que queremos probar, lo primero es tratar de hacerlo con las señas que ya existen, combinándolas de una manera diferente para expresar esa nueva idea. Si no hay forma, entonces tenemos que crear una nueva seña". Es un proceso en curso, la lengua está creciendo rápidamente con las ideas que hay detrás de ella, cada vez más complejas a medida que más personas entran en su redil.

"Yo realmente uso el modelo de fútbol,¨ dice Santiago. "No sé cuál es el límite para este movimiento. Pero hay cosas que ahora son muy grandes que al principio probablemente eran muy pequeñas. Al igual que el fútbol. Así que no sé cuál es el tamaño real que tiene que tener. Sólo puedo aguantar a ver lo que pasa. "
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Alejandro Oliva pone un dedo sobre los labios, se sienta en el escenario y indica a la multitud a hacer lo mismo. Lo hacen. El semicírculo de percusionistas detrás de él también ha seguido la iniciativa de su director y ha dejado de hacer ruido. Por un momento, el lugar queda totalmente silencioso. Oliva regresa a sus pies y vuelve en un vaivén de movimientos de tai-chi, y la percusión empieza de nuevo con toda la furia. En La Bomba de Tiempo siempre hay ese momento en que todo lo que aparece, cuando la multitud después de haber cambiado gradualmente de un estado inerte a asentir con la cabeza a un cuerpo superior balanceándose finalmente llega a su punto de ebullición. Justo en frente del escenario es lo más caliente. Imbuido de la energía cinética la gente comienza a volar en todas direcciones, en varias ocasiones que chocan y rebotan entre ellos como si el agua se estuviera convirtiendo en vapor. Oliva, sabiamente, sin expresión, está tocando por la gente, tranquilizándose y calentando de vuelta. Orto lunes, otro ritual.


















































































































































