por Tony McClafferty
Photos de Tony McClafferty
Hace unas semanas, mientras caminaba desde la oficina en Recoleta me crucé con lo que parecía ser una reunión espontánea de graffiteros, en la esquina de Sánchez de Bustamante y Charcas. Una media docena de personas miraba atenta y sacaba fotos. Me quedé sólo un segundo, observando dos hombres parados en un andamio, antes de ir volando las dos cuadras y media que me separaban de mi casa para agarrar la cámara. No estaba seguro de cuánto tiempo me quedaría antes de que viniera la policía, entonces volví rapidísimo, cámara en mano, para grabar el momento. Cuando volví me di cuenta de que los dos chicos no estaban pintando nada, estaban poniendo unos cuadros enormes en la pared, y no se veían apurados por nada. Saqué unas fotos y crucé la calle para ver qué onda; de golpe entendí que no iba a venir ningún policía ni nadie a frenarlos.
Buenos Aires tiene una actitud notablemente relejada con el tema del graffiti. De hecho, la mayor parte de la gente que pasaba parecía contenta con la idea de que alguien estuviera pintando su barrio. Había sólo una queja: una habitante medio vieja que vivía enfrente de la pared en cuestión bajó a preguntar por qué estaban pintando monstruos. Pero ves? No es un queja sobre el graffiti, sino más bien una crítica artística.
En el grupo conocí una artista urbana polaca, Yola Kudela. Era su obra la que los dos hombres estaban colgando. Yola recrea obras famosas del Renacimiento como arte callejero, con vueltas de tuerca que transmiten modernidad y una nueva intensidad. La mayoría de sus trabajos están en las paredes de Varsovia, la capital polaca, en donde reinterpretó obras de Miguel Ángel, Tiziano y Antonello da Messina mezclados con collages fotográficos. La utilización de la fotografía en sus obras da una nueva vitalidad a imágenes clásicas y reconocidas. Yola había llegado la semana anterior desde su casa en Inglaterra para recrear El circulo furioso, del artista polaco Jacek Malczewski. Para su versión sacó fotos de gente que conoció en Buenos Aires. En la obra hay gente de todo el mundo: Argentina, Francia, Colombia, Bolivia y Estados Unidos.

El Circulo Furioso de Jacek Malczewski

“Quería representar la diversidad de la gente que vive en Buenos Aires,” explicó Yola. “Cuando viajo a un país extranjero, es importante charlar un poco sobre la inmigración, sobre el movimiento de gente”.
Cuando le pregunté sobre su movida, por qué había elegido Buenos Aires, me contestó: “Vine a visitar un amigo, pero también estuve interesada en hacer algo. Me habían hablado sobre el arte urbano de acá, y quise participar. Contacté personas de acá para poder colaborar.”
Para Yola, esa relación era importante, especialmente porque la temática de su obra tiene mucho que ver con la colaboración – la agrupación de personas de orígenes diversos, moviéndose juntas en círculo, formando una nueva tendencia. “No quería venir sólo para pegar mi arte en una pared. ¿Cuál es el sentido de venir, colgarlo e irme?,” sostiene.
Entonces, Yola arregló instalar su collage en conjunto con otros artistas callejeros que viven y trabajan dentro de Capital. Su obra está situada entre los trabajos de tres artistas más: Jaz, de Buenos Aires, Corona, de Francia, y Other, de Canadá.
“Los tres me ayudaron a integrar mi trabajo dentro del arte de la ciudad,” cuenta Yola. “Fue impresionante laburar con ellos, de ninguna forma existió un ego de artista. Me dejaron un espacio enorme para hacer lo que quisiera”.



Arriba, los artistas: Yola Kudela y JAZ
Mientras charlaba con Yola, llegó uno de estos artistas en un viejo auto gris con dinosaurios pintados en las puertas. Era Jaz, el único argentino del grupo. Desde 1999, Jaz ha propagado sus obras por toda la ciudad, y su estilo tan distintivo se puede ver en las paredes de Palermo, el barrio que lo vio crecer.
“Me encanta trabajar con artistas que vienen a Buenos Aires,” dice él. “El graffiti es un arte móvil, viajero, y es parte de nuestra cultura llevarnos nuestro arte a todos los lugares que vayamos.”
Me contó que una noche durmió en una celda en París cuando lo encontraron intentando pintar en un barrio medio feo, y también que es muy peligroso pintar en São Paulo. Admite que Buenos Aires es un lugar único para los graffiteros.
“Tenemos mucha suerte por poder pintar libremente acá, y creo que esa libertad abre la creatividad. Pero me gustaría que los artistas jóvenes la aprovecharan más,” dice con una sonrisa. “Creo que hay muchos motivos para mejorar. El arte siempre está cambiando, siempre avanzando. Es difícil quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo.”
Cuando le pregunto si la colaboración con Yola va a estar en esa pared por mucho tiempo más, me dice: “Los artistas van a respetar esto. Es grande, detallado, y la obra de Yola es muy linda. Igual es tan difícil predecir eso.”
Jaz explica que le encantaría que esa pieza pueda ser incorporada en algún futuro graffiti que se haga en esa pared. Por mi parte, pienso que eso la haría muy feliz a Yola, saber que su fotografía, que intenta revelar la mixtura de historias humanas en Buenos Aires, permanecerá en alguna mezcla venidera.

















































































































































